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Shirley Jackson: cómo nace un relato

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Una de las primeras y tormentosas ideas de quienes empiezan a escribir es pensar que, para componer algo bueno, se necesita disfrutar de una vida trepidante: viajes extraordinarios, una infancia llena de aventuras o una historia de amor inolvidable.

Parece imprescindible acumular experiencias (cuantas más, mejor) dignas de convertirse en literatura.

Shirley Jackson, la gran escritora estadounidense, autora de La lotería y de La maldición de Hill House, parte precisamente de esta cuestión en su conferencia «Experience and Fiction», en la que habla con humor y profundidad de algo que preocupa a quienes desean escribir ficción. 

¿De dónde “salen” los relatos? ¿Nacen las historias de la propia experiencia? ¿Se inventan? ¿Surgen de algún oscuro lugar solo accesible a unos pocos elegidos?

¿Hay o no hay una receta para escribir?

Jackson no plantea una receta para escribir. Lo que hace es detenerse en el proceso mediante el cual una experiencia, incluso aparentemente insignificante, puede acabar transformándose en un relato o una novela.

Para Jackson, el material de la ficción se encuentra en la experiencia humana más cotidiana, no necesariamente en un acontecimiento objetivamente extraordinario: un gesto, una conversación, una cara que recordamos, una emoción o un episodio que en su momento parecía no tener ninguna importancia.

Cuando empezamos a escribir, quizá tendemos a buscar los argumentos en aquello que parece excepcional. Lo que Jackson propone es, en cierto modo, mirar primero nuestra propia experiencia y prestar atención a esos pequeños elementos que permanecen en la memoria. Esta actitud cambia de raíz nuestra manera de mirar (y también de vivir) lo que nos sucede.

De hecho, una de las ideas que recorren la conferencia «Experience and Fiction» es que, para quien escribe, todo lo vivido puede convertirse en un “material” que convenientemente elaborado puede nutrir la ficción. 

Una experiencia personal… ¿es literatura?

Contar lo que ocurrió, tanto lo vivido como lo presenciado, no significa necesariamente haber escrito una ficción literaria. Alguien podría explicar exactamente qué pasó, quién estaba allí y qué ocurrió después. De ese modo, tendríamos los hechos, pero todavía no necesariamente un relato.

Para que ese material se convierta en ficción hay que trabajar con él. Jackson habla de desmontar la experiencia, examinarla, observar su estructura emocional y volver a construirla. 

La experiencia se selecciona, se organiza y se transforma. Puede parecer obvio, pero es una de esas ideas que conviene recordar cuando escribimos. Una anécdota puede contener todos los elementos necesarios para una historia y, sin embargo, seguir siendo solamente una anécdota. El trabajo del escritor empieza cuando se pregunta qué hay o qué quiero que haya realmente ahí.

Ese trabajo no empieza necesariamente cuando nos sentamos ante la máquina de escribir o el ordenador. En otra de sus conferencias, «Memoria y delirio», Jackson lo explica así:

«No soporto a la gente que cree que empiezas a escribir cuando te sientas en el escritorio y coges la pluma y terminas de escribir cuando dejas la pluma. Un escritor siempre está escribiendo, viéndolo todo a través de un delgado velo de palabras, añadiendo descripciones rápidas a todo lo que ve, siempre atento.»

Sus palabras cambian la perspectiva. Escribir consiste también en estar atento: mirar, recordar, asociar, preguntarse por qué una determinada escena, una persona o una frase se nos ha quedado en la cabeza.

La experiencia necesita transformarse

Pero prestar atención no basta. Que una experiencia nos haya sucedido no significa que sepamos todavía qué hacer con ella. Jackson lo resume con una fórmula que parece sencilla y que, al mismo tiempo, deja bastante espacio para la imaginación:

“Experiencia más magia igual a ficción”.

La palabra “magia” puede llevarnos a pensar en inspiración, en talento o en alguna misteriosa capacidad del escritor. Pero, en realidad, Jackson habla de algo mucho más práctico: la magia proviene del trabajo de transformación que convierte aquello que hemos vivido en material con potencial literario.

En tu relato, puedes cambiar personas, lugares, circunstancias, tiempos o acontecimientos. Puedes combinar experiencias diferentes e inventar aquello que nunca ocurrió. La historia puede alejarse muchísimo de los hechos que la provocaron y, sin embargo, conservar su verdad.

Jackson explica con humor esta manera de mirar la realidad, incluso en las tareas más cotidianas. 

«Mientras estoy haciendo las camas y lavando los platos y yendo a la ciudad a comprar unos zapatos de baile, me cuento historias a mí misma. Historias sobre cualquier cosa, cualquiera. Simplemente historias. Al fin y al cabo, ¿quién puede aspirar una habitación y concentrarse en ello? Me cuento historias. Tengo una historia sobre el cesto de la ropa sucia que no puedo contar ahora, historias sobre los calcetines que faltan, historias sobre los electrodomésticos de la cocina y el cubo de la basura y los arbustos que hay de camino a la escuela y sobre casi todo. Mis historias me tienen entretenida. Tal vez nunca escriba la historia del cesto de la ropa sucia —de hecho estoy bastante convencida de que no lo haré—, pero mientras sepa que ahí hay una historia, puedo seguir ordenando la ropa.»

No en todo lo que observamos “hay una historia”. Lo que propone Jackson es que  cambiemos nuestra manera de mirar lo cotidiano y empecemos a sospechar que una buena historia puede esconderse en cualquier parte, incluso en el interior del cesto de la ropa sucia.

Lo que sentimos tiene que llegar al lector

Podemos tener una experiencia, transformarla e incluso encontrar una historia en ella, y aun así no conseguir que el lector la sienta.

Imaginemos una historia en la que alguien recibe una llamada telefónica, sale rápidamente de casa, camina hasta una estación de tren y espera durante media hora. Los hechos están ahí, pero ¿perciben los lectores el miedo, la vergüenza, la esperanza, el arrojo o la tristeza que hay detrás de cada uno de esos actos?

Esa es una de las dificultades que Jackson plantea al hablar de la experiencia y de su transformación en ficción: el escritor puede estar profundamente implicado en aquello que cuenta y, sin embargo, la emoción que siente al escribir puede no aparecer en el texto.

No basta con escribir “estaba muy triste” o “tenía mucho miedo”. La emoción tiene que formar parte de la historia, de las acciones, de los gestos, de la manera en que un personaje mira o responde. El lector debería percibirla sin que el escritor tenga que explicársela continuamente.

Lo que nosotros sentimos pertenece a nuestra memoria. Lo que el lector siente tiene que nacer del relato.

Nada debería estar en una historia porque sí

La transformación también afecta a los elementos que decidimos conservar. Cuando trabajamos con una experiencia real, podemos sentir la tentación de mantenerlo todo: una persona que estaba allí, una conversación que recordamos especialmente bien, un detalle que nos parece curioso, una descripción de la que estamos especialmente satisfechos… 

Jackson insiste en que los personajes y los elementos de un relato tienen que pertenecer a ese relato. Una escena no merece quedarse porque haya ocurrido realmente. Un detalle no tiene por qué sobrevivir a la reescritura solo porque nos guste. Y la presencia de un personaje tiene que responder a las necesidades de la historia.

Por eso, cuando revisamos un relato, hay una pregunta sencilla que puede resultar incómoda: ¿qué está haciendo aquí este elemento? ¿Es útil para la historia que quiero contar?

Si eliminamos una escena, un personaje o un detalle y la historia sigue funcionando exactamente igual…, quizá todavía no hayamos descubierto para qué está ahí.

Escribir es, también, aprender a mirar

La respuesta a la pregunta inicial parece clara: no necesitamos una vida extraordinaria para escribir literatura. Tampoco necesitamos convertir cada experiencia personal en una historia.

Ruth Franklin, biógrafa de Shirley Jackson, nos ofrece una imagen de la escritora trabajando en sus relatos y sus novelas:

«Al final, regreso a la imagen mental de Jackson que he ido construyendo a lo largo de estos años en los que he estado estudiando sus papeles. Me la imagino en su escritorio abigarrado, con la superficie llena de los chismes de siempre: una o dos postales viejas, borradores de tres historias distintas, una carta inacabada. Quizá solo tuviera unos minutos, quizá los niños estuvieran a punto de volver del colegio, o su marido fuera a llamarla desde el despacho para preguntarle su opinión sobre algo, o tuviera que empezar a preparar la cena. Con gesto ausente, se saca una nota del bolsillo del vestido y la examina. Luego coloca un papel amarillo en su máquina Royal y empieza a escribir.»

La imagen devuelve la literatura al lugar de donde hemos partido: la vida cotidiana.

No esperes a que suceda algo extraordinario. Una conversación, un recuerdo, una cara que hemos visto durante unos segundos, una emoción que no terminamos de entender o incluso un cesto de ropa sucia pueden convertirse en el comienzo de algo.

Pero entre la experiencia y el relato hay un camino: mirar, seleccionar, imaginar, transformar.

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