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Escribir una vida: biografía y autobiografía noveladas

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Quizá llevas tiempo pensando en escribir la historia de uno de tus antepasados o te apetece contar una etapa de tu propia vida, una experiencia reveladora o algo que ocurrió en tu entorno y que nadie aún ha puesto por escrito. 

Tienes recuerdos o fotografías, cartas, un viejo diario o relatos que has oído en casa. 

Pero también tienes preguntas.

¿Cómo reconstruir lo que pasó? ¿Qué hacer con todo lo que desconozco? ¿Puedo imaginar lo que sentía alguien que vivió hace décadas? ¿Tengo derecho a “fabular”, inventar o suponer aquello de lo que no tengo certezas?

Sí, son muchas las preguntas, porque escribir sobre personas reales plantea dudas que aparecen pronto, antes incluso de empezar con las primeras líneas. 

La biografía y la autobiografía noveladas ofrecen distintas formas de abordar estas cuestiones. Porque si se cuenta con recursos propios de la novela, las posibilidades narrativas se amplían, pero también surgen dudas sobre cuándo y en qué medida poner límites a la imaginación.

De la vida a la literatura

La biografía cuenta la vida de una persona; la autobiografía, experiencias de quien escribe. Ambas pueden centrarse en una trayectoria vital completa o detenerse en un periodo concreto: la infancia, un viaje, unos años de trabajo o un episodio que cambió el rumbo de una vida.

Para escribir una biografía, el autor o autora suele investigar. Puede consultar cartas, diarios, fotografías, archivos y documentos, además de hablar con familiares o personas que conocieron al o la protagonista. En una autobiografía, los recuerdos ocupan un lugar central, aunque también pueden contrastarse con fuentes externas. La memoria ayuda a recuperar el pasado, pero con el tiempo algunos detalles se desdibujan y otros adquieren un significado distinto.

La biografía y la autobiografía noveladas incorporan recursos narrativos propios de la novela para dar forma a ese material. El autor o la autora decide dónde empieza la historia, qué episodios desarrolla y desde qué perspectiva los cuenta. Debe construir escenas, trabajar los diálogos y dosificar la información para mantener el interés del lector.

Estas técnicas también se utilizan en biografías que no se presentan como novelas. La diferencia está en el planteamiento de cada obra y en el margen que deja a la reconstrucción o a la invención. Por eso, antes de empezar, conviene preguntarse qué tipo de libro queremos escribir y qué relación estamos dispuestos a mantener con los hechos.

¿Hasta dónde podemos ficcionar una vida real?

Imagina que quieres contar la historia de tu madre o de tu abuela. Se marchó de su pueblo a los dieciséis años y, en los primeros años del siglo XX, llegó a la estación de Francia, en Barcelona, con una maleta de cartón o quizás con un hatillo. 

Has encontrado media docena de cartas, escritas con una maravillosa letra de niña, y algunas fotografías de cuando era joven. Y en casa te han contado que la abuela apenas habló de aquellos años, pero sí sabes que tiempo después cruzó los Pirineos y empezó, otra vez, una nueva vida. 

Puedes investigar cómo era la Barcelona a la que llegó, en qué barrio vivió y en qué trabajó. Probablemente encuentres documentos que te permitan reconstruir parte de su recorrido. Y, por supuesto, puedes convertir algunos episodios en escenas, describir los lugares y dar forma a una conversación.

La dificultad aparece cuando intentas entrar en su corazón. ¿Tenía miedo al marcharse de casa? ¿Estaba deseando empezar de nuevo? ¿Se arrepintió alguna vez o siempre de haber dejado atrás a su familia? Puede que sus cartas ofrezcan alguna pista. Tal vez un familiar recuerde algo que tu abuela contó muchos años después. Con esa información puedes interpretar sus decisiones y plantear una hipótesis sobre lo que sentía. 

Con los pensamientos y las intenciones ocurre algo parecido. Una decisión puede admitir varias explicaciones, y el hecho de conocer el desenlace no significa que sepamos qué pasaba por la cabeza de quien la tomó. La narración permite explorar esas posibilidades, pero conviene tener claro cuándo estamos contando algo documentado, cuándo hacemos una interpretación y cuándo estamos imaginando.

No existe una única respuesta válida para todas las obras. Una biografía basada en testimonios y documentos plantea unas exigencias distintas de una novela inspirada en la vida de una persona real. En esta última, el autor o la autora puede disponer de mayor libertad para crear situaciones o atribuir pensamientos al protagonista, siempre que el planteamiento de la obra sea coherente con ese margen de ficción. 

Escribir sobre la propia vida tampoco garantiza que podamos o debamos contarlo todo con exactitud. Quizá recuerdes una discusión de hace treinta años, pero no las palabras exactas que se dijeron. También es posible que hoy interpretes de otra manera una situación que años atrás viviste de otro modo. Al escribir sobre el pasado, la memoria y la mirada actual se entremezclan, y reconocer esa distancia puede formar parte del propio relato.

Una tradición literaria con muchas formas

Durante siglos, la biografía ha estado vinculada a la historia, la moral y la ejemplaridad. En la Antigüedad, las vidas de personajes ilustres permitían examinar virtudes y defectos. En la Edad Media, abundaron las vidas de santos, centradas en su fe y sus milagros. Más adelante, las biografías de monarcas, políticos y otras figuras públicas también han tenido por objetivo dar brillo a sus hazañas o justificar sus desmanes.

A comienzos del siglo XX, autores como Lytton Strachey y Emil Ludwig contribuyeron a renovar el género. En Eminent Victorians, Strachey retrató con ironía a cuatro figuras de la época victoriana y cuestionó su imagen pública. Ludwig, en Napoleón, abordó la trayectoria del emperador atendiendo tanto a sus decisiones históricas como a su personalidad.

Otras autoras han contribuido de forma destacada al desarrollo de la biografía literaria. Claire Tomalin reconstruyó la vida de Jane Austen en Jane Austen: A Life, alejándose de la imagen convencional de una escritora recluida en el mundo rural. Hermione Lee, catedrática emérita de la Universidad de Oxford, publicó Virginia Woolf, una extensa biografía que examina la vida de la escritora británica y su relación con su obra. Ambas muestran cómo la investigación documental puede dar lugar a retratos complejos, atentos tanto a la trayectoria personal como al contexto literario e histórico.

Y en la actualidad…

En la literatura actual conviven propuestas muy diferentes que muestran distintas maneras de narrar una vida real. 

En Hasta que empieza a brillar, Andrés Neuman se acerca a la vida de María Moliner mediante una narración literaria. La llamada, de Leila Guerriero, reconstruye desde la investigación periodística la historia de Silvia Labayru, superviviente de la dictadura argentina. En La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero parte de la vida de Marie Curie y de su diario tras la muerte de Pierre Curie para entrelazar la trayectoria de la científica con sus propias reflexiones sobre la pérdida y el duelo. Y en El olvido que seremos, Héctor Abad reconstruye desde la memoria familiar la vida de su padre, médico y defensor de los derechos humanos.

¿Es imprescindible escribir sobre alguien famoso?

Evidentemente, no es imprescindible escribir sobre alguien “importante”… porque nadie está en disposición de decirnos quién es importante y quién no.

Vamos, que entre mi abuela y el emperador de China… ¿por qué no me voy a quedar con mi abuela? 

Escribir sobre la vida de alguien (incluida la propia) empieza por el deseo de contar una historia: investigarla, imaginarla y comprenderla.

Para terminar, dejemos que las últimas palabras sean las de Emil Ludwig cuando explicó su propósito al escribir Napoleón:

En este libro he tratado de escribir la historia interna de Napoleón. Cada divergencia de opinión con sus hermanos o su esposa, cada hora de melancolía o de arrogancia, sus accesos de ira o de emoción, sus astucias con el enemigo y sus bondades con el amigo, cada palabra a sus generales o a las mujeres (tal como aparecen registradas en sus cartas o conversaciones auténticas), me han parecido más importantes que el plan de batalla de Marengo, las cláusulas de la paz de Luneville o los detalles del bloqueo continental.
Emil Ludwig

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