Leer novelas es peligroso: advertencia sobre el poder de la literatura
[Por el Equipo de Redacción]
Conviene que sepas que leer ficción tiene riesgos: puede provocar adicción emocional, insomnio severo, deseo de cambiar de vida, cuestionamiento de las convenciones sociales, identificación excesiva con personajes de mal vivir y, lo que es peor, una tendencia preocupante a desarrollar ideas propias.
En mujeres (de una u otra edad), podría además despertar pasiones desordenadas y aspiraciones incompatibles con una vida tranquila acorde a lo que la sociedad patriarcal espera de ellas.
En trabajadores y empleados (sean mujeres u hombres), existe el riesgo añadido de fomentar el inconformismo y la crítica incisiva a jefes y patrones.
Y en niños, niñas y adolescentes (¡qué decir de niños, niñas y adolescentes!), la lectura de novelas puede estimular la imaginación, fomentar la ensoñación, reducir el interés por el estudio serio y generar expectativas poco realistas sobre la vida adulta.
Se recomienda precaución, especialmente si el lector o la lectora disfruta de la experiencia y manifiesta deseos de repetirla.
¿Te sorprende?
No debería: este tipo de advertencias sobre la literatura, aunque hoy nos parezcan estrambóticas, tienen una larga tradición histórica que se extiende, en algunos lugares del planeta, hasta nuestros días.
Pues de eso va este artículo: “La literatura es poderosa, la literatura tiene poder”.
Las autoridades advierten que leer ficción perjudica la salud
Por extraño que parezca, estas advertencias no habrían resultado especialmente extravagantes para muchos médicos, moralistas y sesudos pensadores de los siglos XVIII y XIX.
La novela, en esa época, pasó de ser un género marginal a un fenómeno de masas debido a la invención de la imprenta industrial, la producción de papel barato y el aumento de la alfabetización.
Este acceso democrático a las historias ficticias desató un pánico moral entre las élites intelectuales, religiosas y médicas, quienes veían en la lectura de novelas una amenaza directa al orden establecido.

El miedo histórico a la lectura de novelas
Pero la alarma social no se aplicaba a todos los lectores, sino a sectores específicos de la población considerados vulnerables o potencialmente subversivos.
A las mujeres se las consideraba más débiles, altamente impresionables y con una imaginación desbordante que la razón no podía controlar. La lectura de novelas se veía como un catalizador que despertaba deseos e insatisfacción con el rol doméstico impuesto.
En cuanto a las clases trabajadoras, con la aparición de los folletines baratos en el siglo XIX, los obreros accedieron a la lectura, y las élites temían que las novelas sembraran ideas descabelladas como, por ejemplo, las relacionadas con mejoras laborales.
Además (aseguraban los expertos) leer es un placer solitario. Y el poder consideraba que estar solo y pensar… no podía ser bueno para nadie.
Porque a diferencia de la lectura pública y comunitaria de la Biblia o los textos clásicos, la novela se consumía en la intimidad (uno consigo mismo) y este aislamiento privaba a padres, patrones, confesores y maridos del control sobre los pensamientos y la moral del individuo lector.
Leer ficción puede ser adictivo
Los psiquiatras de la época acuñaron términos como Lesesucht (‘manía de leer’) o Lesewut (‘rabia de leer’). La lectura se describía como una adicción psicológica idéntica al consumo de opio o alcohol, y el lector necesitaba dosis cada vez más fuertes de novela (o novelón, como algunos la llamaban) para obtener gratificación.
La novela era vista por amplios sectores de la sociedad como una actividad potencialmente peligrosa, porque parecía capaz de transformar la mente, las emociones y la visión del mundo de quienes la leían.
La mejor campaña publicitaria para la literatura
Lo sorprendente es que, visto desde una perspectiva más actual, gran parte de esta acusación parece una magnífica campaña publicitaria para la literatura.
Después de todo, ¿qué lector apasionado no espera encontrar precisamente eso en una novela? Emoción, imaginación, empatía, nuevas perspectivas y alguna que otra idea capaz de poner en duda lo que siempre ha dado por cierto.
Lo que para muchos críticos del siglo XIX era una amenaza para el orden social, para millones de lectores ha sido, desde entonces, una de las razones fundamentales para abrir un libro.
Escribir ficción, ¿también es adictivo?
En la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, damos fe de ello: escribir ficción “engancha”.
Escribir novela, cuento, biografía, poesía… puede ser aún más “peligroso” que leer: sí, escribir despierta pasiones, activa ilusiones, fomenta el inconformismo y el deseo de aprender y saber más.
Solo hay una diferencia. Quizás leer sea un placer solitario.
Escribir, en cambio, puede ser un placer compartido con otras personas que, como tú, se sienten “atravesadas” por la literatura.
