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El extraño caso de Romain Gary y Émile Ajar: el escritor que engañó a la crítica y ganó dos veces el Goncourt

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El caso de Romain Gary y su seudónimo Émile Ajar es uno de los mayores engaños de la historia de la literatura. Un escritor que ganó dos veces el Premio Goncourt y demostró cómo la crítica literaria puede cambiar completamente su juicio según el nombre del autor.

La historia del escritor francés Romain Gary es una de esas anomalías que obligan a mirar la literatura con otros ojos.

Por un lado, a pesar de ser uno de los grandes de la literatura europea, su relación con la crítica francesa fue, durante años, profundamente tensa.

Por otro lado, Gary ha sido el único autor que ha ganado dos veces el Premio Goncourt, el más prestigioso de Francia, y para conseguirlo tuvo que… fingir, mentir y engañar.

¿Cómo lo hizo?

Harto de los críticos que lo machacaban, decidió romper la baraja, gastarles la broma más humillante y reírse de ellos. Para ello inventó otro escritor, otra identidad y, lo que es peor, otro “estilo”.

Pero, ¿por qué la crítica “machacó” a Gary?

La respuesta no es simple, pero tampoco es misteriosa.

Algunos dirán que las críticas negativas que recibió estaban determinadas por el gusto dominante y el momento histórico de la literatura francesa, pero otros no tendrán reparo en atribuir el rechazo a Gary a los prejuicios y a la soberbia de quienes disfrutaban de cierto poder en el mundo literario de la época.

Romain Gary en la literatura francesa: un autor reconocido, pero cuestionado por la crítica

Desde los años cincuenta, Gary era una figura pública de enorme prestigio: héroe de la aviación de la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial, diplomático, cosmopolita, políglota y autor publicado en grandes editoriales.

Sin embargo, en el París literario de posguerra, donde dominaban corrientes como el existencialismo y más tarde el estructuralismo, la crítica valoraba mucho la experimentación formal, la densidad teórica y la ruptura con el relato tradicional.

Gary, en cambio, escribía desde otro lugar. Sus novelas tendían hacia lo narrativo, lo emocional, lo humanista. Le interesaban los personajes, las contradicciones morales y grandes temas como la guerra, la identidad, la compasión o el sentido de la vida.

Y todo ello, en ciertos círculos críticos, empezó a ser visto como un defecto.

Por qué la crítica literaria rechazaba a Romain Gary: estilo, época y prejuicios

¿La crítica subestimó a Gary? Sí, lo hizo, pero no lo ignoró. Al contrario: Gary era leído, reseñado y discutido, pero también colocado en una categoría incómoda: la de autor importante, pero demasiado convencional o “clásico” para su época.

En otras palabras, no encajaba en el modelo de escritor que la crítica francesa empezaba a valorar como moderno o relevante.

Su narrativa era demasiado clara para algunos, demasiado sentimental para otros, demasiado narrativa en un momento en que se premiaba lo fragmentario o lo experimental.

Este tipo de desajuste generó un fenómeno muy conocido en la historia literaria: el autor que es reconocido institucional y popularmente, pero cuestionado críticamente.

La crítica literaria como sistema de expectativas 

Aquí aparece un punto clave: la crítica literaria evalúa textos, pero también trabaja con expectativas. Cuando un autor publica una nueva obra, se lee desde lo que ya se cree saber de él: su estilo, su trayectoria y su lugar en el sistema literario.

En el caso de Gary, ese “marco previo” se había vuelto rígido. Sus novelas eran interpretadas dentro de una imagen ya fijada del autor: la de un escritor serio, correcto, algo clásico e incluso previsible.

¿Qué significa esto? Básicamente que, en algunos casos, la crítica no estaba reaccionando solo a los textos, sino a la idea que se tenía o se quería tener del autor. Es decir, incluso los críticos literarios, muchos de ellos renombrados expertos, se estaban dejando influir por sus prejuicios.

La gran mentira: cómo Romain Gary se convirtió en Émile Ajar

A mediados de los años 70, cansado de la forma en que la crítica francesa lo encasillaba, decidió hacer algo “experimental y novedoso”: desaparecer como autor… y volver a nacer con otro nombre. Ese nuevo autor se llamó Émile Ajar.

Pero Ajar no fue solo un seudónimo. Gary realizó una construcción completa y deliberada, y creó toda una identidad literaria alternativa.

Para mantener el engaño, necesitaba además una persona real que actuara como “cara visible” del autor. Y su propio sobrino, Paul Pavlowitch, aceptó interpretar públicamente el papel de Émile Ajar. 

Durante más de cuatro años, entre 1974 y 1978, Pavlowitch acudió a entrevistas, respondió a la prensa, hizo declaraciones y sostuvo la biografía ficticia del escritor.

Mientras tanto, Gary permanecía en segundo plano, dirigiendo el juego desde la sombra.

La operación funcionó de forma sorprendente. La crítica francesa recibió las novelas de Ajar (especialmente La vida ante sí) como la aparición de una voz completamente nueva: fresca, emocional, directa y muy distinta del estilo que atribuían a Gary.

Y nadie, ni el más inteligente y sabio de los críticos literarios, sospechó que ambos autores, Ajar y Gary, eran la misma persona.

El segundo Premio Goncourt de Romain Gary como Émile Ajar (1975)

En 1975, La vie devant soi (La vida ante sí), firmada por Émile Ajar, ganó el Premio Goncourt, y el jurado estaba convencido de estar premiando a un nuevo talento literario.

De hecho, el reglamento del premio prohíbe recibirlo dos veces. Pero como nadie sabía que Ajar era Gary, el sistema funcionó sin contradicción aparente: se premió a dos autores que en realidad eran uno solo.

Durante varios años, el secreto se mantuvo intacto. Ni la crítica, ni el jurado ni el mundo editorial sospecharon la verdad hasta poco antes de la muerte del autor.

En 1980, Romain Gary publicó un texto titulado Vie et mort d’Émile Ajar, donde confesaba explícitamente que él era también el autor detrás del seudónimo. Es decir, no fue una filtración ni una investigación periodística: fue una confesión deliberada del propio escritor.

Qué revela el caso Romain Gary y Émile Ajar sobre la crítica literaria

Más allá del impacto biográfico, el caso Gary/Ajar funciona como una demostración extrema de algo incómodo: la crítica literaria a menudo evalúa textos, pero también evalúa identidades, muchas veces desde el prejuicio, tanto positivo como negativo.

Cuando la obra se leía como “Gary”, estaba condicionada por una trayectoria, un prestigio y unas expectativas previas.

Cuando se leía como “Ajar”, esas capas desaparecían y el texto se percibía de manera completamente distinta.

El mismo escritor, dos nombres, dos recepciones opuestas.

El valor literario: ¿cómo lo construimos?

El caso de Gary refleja la manera en que construimos el valor literario.

La crítica no “machacó” a Gary por simple incapacidad, que también la tuvo, por supuesto, sino porque lo leyó a través de un denso filtro de prejuicios y dentro de un sistema de expectativas en el que él no encajaba.

Y cuando cambió el marco, es decir, cuando cambió el nombre, cambió también el juicio de la crítica.

Eso revela que la valoración literaria es, también y demasiado a menudo, reputación, contexto, etiqueta y posición dentro de un sistema cultural, social y económico.

Romain Gary, el autor que demostró que el canon es una ilusión controlada

La historia de Romain Gary / Émile Ajar es una historia sobre percepción, calidad y sobre lo que merece (y lo que no) ser considerado literatura.

¿Cambió Gary de estilo mientras fue Ajar?

No: no cambió ni su estilo, ni su mirada, ni su técnica.

Cambió el nombre que firmaba los libros. Y eso bastó para cambiar completamente su valoración.

Quizás esta no sea su mayor obra, pero sí es una de las más divertidas y elocuentes: con ella evidenció que en literatura el juicio es también una construcción. Y a veces, una construcción frágil.

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