El taller literario que cambió las leyes sobre el asesinato
[Por Pau Pérez]
Es fácil sentir vergüenza ajena al escuchar a un escritor asegurando que si no escribiera se moriría. Algunos dicen no saber hacer otra cosa y añaden que escribir y respirar es lo mismo para ellos. Alucinaciones fisiológicas aparte, hay lugares en que la escritura sí se acerca a un ejercicio de pura supervivencia. En la prisión de San Quintín, que albergó durante décadas el corredor de la muerte más famoso de EEUU, los participantes en un taller afrontan escribiendo condenas a cadena perpetua.
Desde su fundación hasta bien entrado el siglo XX, la gestión privada de San Quintín se tradujo en palizas, duchas a presión y explotación laboral de los internos. Sin embargo, en la década de 1940, el nuevo alcaide, Clinton Duffy, prohibió el uso del látigo, despidió a los guardias más abyectos, incorporó psiquiatras y cirujanos al equipo de la prisión e impulsó la creación de una biblioteca y programas educativos. Aunque la prisión siguió siendo escenario de barbaridades durante décadas, esa fue la semilla que, medio siglo después, fructificó en la puesta en marcha del taller que los propios presos bautizaron como Brothers in Pen.
Lo fundó en 1999 Zoe Mullery, una docente con un máster en escritura creativa que trabaja para la ONG William James Association. Desde hace 27 años se traslada cada miércoles desde el distrito de Mission en San Francisco hasta el condado de Marin para cruzar los muros de San Quintín. Allí, reunida en círculo con un grupo de presos con largas condenas, escucha. Escucha a personas que tienen muy pocos interlocutores. Y lo hace de tú a tú, como si no fuera experta en lo suyo. La dinámica del taller es, en apariencia, la misma que la de cualquier otro. Los participantes presentan sus textos y se cruzan las valoraciones. Solo que hay participantes que llevan décadas en el taller. Solo que después de una jornada de escritura intensa no se airean dando un paseo por Stinson Beach.
Los miembros del taller suelen recuperar allí su nombre propio. No buscan entretener la espera sino ser algo distinto a un preso: un aficionado a escribir o —¿quién dice que no?— un escritor. Los años de introspección escrita sirven muchas veces para construir una perspectiva distinta sobre uno mismo y el recorrido hasta el crimen, un autoanálisis que en ocasiones se convierte en fundamental cuando llega el momento de argumentar ante las juntas de revisión de condena.
Los frutos estrictamente literarios del taller se acumulan desde hace medio siglo: diez antologías publicadas, dos de ellas con prólogo de nada menos que Junot Díaz y Tobias Wolff respectivamente. Los relatos abordan universos no demasiado transitados por muchos lectores (y escritores): desde el dolor como raíz del crimen a los efectos devastadores de la violencia en quien la ejerce. Hablan también de los días terribles en que, por una negligencia en un traslado de presos, el coronavirus se adueñó de San Quintín, infectando al 75% de los internos y matando a más personas condenadas a muerte que las ejecutadas por el estado de California en los últimos años. Las páginas que hablan de la impotencia de estar encerrado en una celda con puerta de barrotes mientras la plaga se extiende por los pasillos son literatura con garra verdadera sobre el confinamiento.
No siempre ni mucho menos la temática es carcelaria: en las antologías se pueden leer relatos postapocalípticos, o humorísticos, o retos colectivos como escribir a partir de la premisa de que un Boeing 767 que transporta presos a Guantánamo se estrella en una isla volcánica desconocida tras una erupción. En la mejor tradición de El señor de las moscas, los relatos exploran la supervivencia en la naturaleza pura, las relaciones de poder y la disolución de roles guardia/prisionero.
El taller literario Brothers in Pen ha cambiado leyes, cosa que difícilmente se podrá decir de cualquier otro. Uno de los participantes, Adnan Khan, había sido condenado por asesinato sin haber matado a nadie, según una norma —el asesinato por felonía— que permitía imputar el homicidio a un cómplice de un delito grave, aunque no hubiera sido el autor material de la muerte. Su historia, trabajada en el taller, inspiró la ley SB1437, que cambió la norma en California. Khan fue el primer preso liberado tras esa modificación legal histórica.
Vistos los resultados del taller, Zoe Mullery y Watani Stiner, exparticipante condenado por un crimen que no cometió, han decidido recientemente expandir el proyecto fuera de los muros de San Quintín. En enero de 2023 fundaron el Portal Writing Workshop, que permite a las personas que han obtenido la libertad condicional seguir escribiendo en un entorno de confianza y obtener apoyo en la edición y publicación de sus obras. Un puente para muchos más importante que el Golden Gate. San Quintín es un icono de la cultura pop y desde su fundación ha sido escenario de relatos de Jack London, películas de Humphrey Bogart y conciertos de Metallica. Pero quizá la artista más importante que haya estado allí sea Zoe Mullery. Hoy, Brothers in Pen corre peligro. Los programas públicos están en regresión y el estado de California amenaza con no seguir subvencionando el taller. Y lo peor es que seguirá habiendo escritores asegurando que si no escribieran se morirían.