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Se alquila cuarto propio

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Se llama Judith Shakespeare y se la inventó Virginia Woolf. Sí, en su famosísimo —no es para menos— ensayo Una habitación propia, la Woolf, para defender que una mujer necesita una habitación propia e independencia económica para escribir, se inventó a la hermana de William. Quería probar con ello, con una hipótesis de qué habría pasado con su hermana, que las mujeres no es que no tuvieran talento, es que no tenían las condiciones materiales necesarias para ponerse a escribir. Su ensayo no fue lo único que escribió al respecto: le dio infinitas vueltas. No es para menos: la cosa sigue un poco revuelta; Virginia, lamento que estemos todavía con todo este asunto empantanado. Defendió que para poder normalizar la existencia de las escritoras, al mismo nivel que los escritores, debíamos incluso tener un buen puñado de malas escritoras.

Fueron muchos los intelectuales que intentaron llevarle la contraria, convencidos de que si no había más mujeres escritoras y las que había no eran tan buenas como los mejores de su época, era simple y llanamente porque las pobres no daban para más. Para estos temas siempre ha ido muy bien tener una Virginia Woolf en tu época: si ella puede ser brillante, significa que las mujeres ya pueden alcanzar la excelencia. Si no tenemos veinte Woolfs pero sí veinte Shakespeares, minipunto para el equipo de los chicos. Es una regla de tres más bien ridícula, pero hasta nuestros días llega la estrechura de miras. Solo hay que poner la palabra meritocracia sobre la mesa para entender que dicha lógica sigue vivita y coleando. Para que haya escritoras buenas y malas, mediocres y brillantes, deben existir antes unas condiciones. Se empieza por el cuarto propio y el dinero, pero la cosa no acaba ahí. Se necesita también una genealogía —tener a quien imitar—, un buen estudio de las obras escritas por otras antes que tú, se necesita una crítica literaria que no descarte por sistema a las mujeres, se necesita poder tener experiencias variadas, se necesita no tener la entrada vetada en universidades o tabernas, se necesita tener un buen grupo de colegas con quien poner a danzar tus propias ideas, se necesita, ¡ay!, tiempo. Nada de eso tenían las mujeres en el siglo XX y las anteriores.

La pobre Judith Shakespeare no lo tuvo fácil, esa es la verdad. Virginia Woolf supuso que, aunque podía tener la sensibilidad y la sed de aventura de su hermano William, no se le permitiría desarrollarse igual. Empezando por la educación, que no se le permitió. El hermano pudo estudiar, ella se quedó en casa. La hermana hace lo mismo que todas las hermanas, por más apellido que tengan: aprender a llevar a cabo sus labores, que era lo que aparecía en el libro de familia de las mujeres que no tenían un trabajo remunerado. No en el libro de familia de los Shakespeare, en el de nuestras madres. También se la podría castigar por escribir o leer, porque no es apropiado que Judith haga cosas prohibidas para las chicas. Lo que debe hacer, eso sí, es casarse. Como si fuera un personaje de Louisa May Alcott, por supuesto Judith querría negarse. Judith lo que quiere es hacer algo con su vida, de modo que —era de suponer— se escapa. Huye a Londres, como su hermano. Londres no es mucho mejor que una casa con normas diferentes para hermanos y hermanas, porque a las mujeres tampoco se las deja entrar al teatro. Hija, Judith, también es que te gustan unas cosas… No me alargo más: la Woolf suicida a Judith. Tenía el talento de su hermano, podría haber sido una de las mujeres brillantes que justifican que si una puede, todas podemos. Ni siquiera pudo ser eso: fue, básicamente, una desgraciada.

Me pregunto, entonces, qué pasaría hoy con Judith. He querido traerme a la hermana de Shakespeare al siglo XXI para ponerme tremenda como lo hizo —con más talento, no me engaño— Virginia Woolf tiempo atrás. Me imagino a Judith soltera, porque ahora ya podemos ser solteras. Me la imagino sin hijos. Me voy a imaginar a una Judith Shakespeare muy moderna, muy de su tiempo, para no hacer trampas. No, Woolf: no la voy a cargar con un matrimonio desigual en el que el holgazán de su marido no sea capaz de anticipar ni una sola de las tareas del hogar; tampoco la voy a tener todo el día arriba y abajo, de aquí para allá, llevando niños a médicos y colegios. Ni siquiera voy a imaginármela pobre, para que veas. Voy a imaginarme un sueño de mujer: cishetero, blanca, con los papeles listos para que el ICE ni le sople el flequillo, con una formación normalita —toma, Judith, te doy una carrera de letras—, sin una sola patología y de clase media.

¿Qué pasa contigo, Judith? Lo siento, corazón. Es cierto que no te vas a tener que suicidar. Eso sí, te vas a comer un montón de suplementos literarios en formato coral: las escritoras y la maternidad, las escritoras y la nueva ruralidad, las escritoras y el divorcio, las escritoras y la precariedad, las escritoras y la amistad. Después te preguntarán mil veces por tus personajes femeninos. A lo mejor en alguna reseña se refieren a tu aspecto físico: mira que no te he puesto ningún rasgo poco normativo para que no destaques, pero de pronto eso puede ser importante en la crítica que le hagan a tu libro: ya lo siento. Verás cómo siempre vas a tener que posicionarte sobre el feminismo —al menos, rodéate de sus ideas, si no quieres formar parte de las histéricas— y sobre cuestiones que tengan que ver con la mujer. El mes de marzo te van a programar en un montón de bibliotecas y actos públicos. Judith, te aviso: te van a leer un montón de mujeres. Te van a leer algunos colegas de profesión. A los lectores, espéralos en batín, para no enfriarte, porque la reciprocidad lectora no está en un buen momento. Si te metes a profesora de escritura, acepta que los aspirantes a escritor se van a sentir intimidados por tus correcciones, y no se te ocurra hablarles de perspectiva de género, cultura de la violación o estereotipos: qué tía, cómo vas a censurarles sus magníficas obras. No quiero asustarte, pero vas a tener que realquilar tu cuarto propio. Está la cosa muy mal, chica. Pero mira el lado positivo: no vas a acabar muerta en Londres. Cambia esa cara, mujer, si hemos avanzado un montón.

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