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El FBI contra un taller literario

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Verano de 1965, barrio de Watts, al sur de Los Ángeles. 34 personas han sido asesinadas en seis días de enfrentamientos entre la población afroamericana y el detestado departamento de policía de la ciudad, apoyado por 14.000 soldados de la Guardia Nacional. Entre tiendas de empeño demolidas y gasolineras calcinadas, un hombre se acerca a la puerta de un centro de servicios sociales —el único edificio respetado y en pie en toda la manzana— y pega un cartel: «Clases de escritura creativa. Si te interesa, apúntate abajo». Es Budd Schulberg, ganador de un Oscar por el guion de La ley del silencio, una de las obras maestras de la historia del cine. Es autor también de novelas como Más dura será la caída, cuya versión cinematográfica protagonizó Humphrey Bogart poco antes de morir. Es un escritor de primera línea. Y rico. Y blanco. Mientras comprueba que el cartel no esté torcido, a Budd seguramente le pesa haber cometido una vileza: declarar contra varios colegas de Hollywood durante la caza de brujas de McCarthy. Tal vez el cartel no es solo un gesto filantrópico, sino un intento de redención. Budd entra y busca una sala donde sentarse a esperar.

Budd esperó una semana tras otra, pasando a solas el anochecer de los miércoles en una dependencia del local. Hasta que llegaron los primeros vecinos con sus poemas y relatos, y el taller empezó a andar, ganando asistentes con el paso de los días. En alguna ocasión, Budd apareció en clase acompañado de John Steinbeck o James Baldwin, referente esencial de la literatura afroamericana, que se sumaban al esfuerzo por erigir un taller literario sobre las cenizas del barrio. Pronto, muchas celebridades del mundo de la música y el cine —de Harry Belafonte a John Cassavetes— dieron apoyo al proyecto.

Al taller literario llegaban jóvenes no solo con enormes ganas de escribir sino también con océanos de rabia. Muchos no escribían versos para que fueran leídos en papel ni para presentarlos entre ditirambos en una librería de luz amortiguada. Escribían versos para decirlos, o gritarlos, en la calle o donde hiciera falta, acompañados de jazz de ritmo marcado y percusión vocal. Amde Hamilton, uno de aquellos jóvenes, fundó al cabo de pocos meses The Watts Prophets, el grupo precursor del rap, el hip hop y el spoken word moderno. Hamilton decía: «No elegimos escribir poesía. La poesía nos eligió a nosotros para no matarnos». Sus versos hablaban de brutalidad policial, miseria estructural, racismo institucional y de su confianza en la palabra para escapar de la violencia. Una de sus canciones, Amerkkka, lo dejaba todo dicho ya en el título.

En Watts se estaban mezclando la organización comunitaria y la reivindicación identitaria, los versos y la semilla revolucionaria. Y el FBI decidió intervenir. Como parte del COINTELPRO, el programa de contrainteligencia que el gobierno de Estados Unidos puso en marcha para desmantelar movimientos sociales, la agencia infiltró informantes en el taller. El objetivo era desacreditar a los principales activistas culturales, provocar conflictos internos y asociar el grupo a la violencia y el crimen, sin contar, por supuesto, con prueba alguna. Un informante del FBI que se hacía llamar Ed Riggs se ganó la confianza de toda la comunidad de Watts. Su apodo en el FBI era Othello, en un guiño shakesperiano que le debía de resultar muy gracioso a J. Edgar Hoover, el director de la agencia. Durante años, Riggs estuvo pasando informes y saboteando la sede del grupo, hasta que en 1973, Darthard Perry —que así se llamaba en realidad— recibió la orden de los federales de incendiar el Harry Dolan Theater, el nuevo local del taller. Y, según confesó en una entrevista años después, obedeció. Allí quedaron sepultados, de nuevo entre cenizas y vigas desprendidas, los anhelos y cuadernos de muchos poetas y narradores que a fuerza de respirar gases lacrimógenos nunca escribieron nada que fuera humo.

El fuego no suele buscar la literatura dócil; busca la insumisa. Los nazis lo intentaron con Bertolt Brecht y el FBI con Watts. Pero las ideas no se borran con fuego, y la influencia del Watts Writers Workshop perduró: fue semillero de autores relevantes y también repercutió decisivamente en la música y la danza urbanas. Su legado es una verdad incómoda: cuando la escritura es comunitaria, es un incendio que nadie puede apagar.

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